El avión Douglas, DC 4 de Avianca posteriormente accidentado.
El avión Douglas, DC 4 de Avianca posteriormente accidentado.
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La tragedia en El Tablazo, en 1947, el accidente en el que falleció Romelio Martínez

Por el número de víctimas fue considerada la mayor catástrofe aérea, hasta ese entonces, sin precedentes en la historia de la aviación mundial.

Por Ciro A Quiroz Otero

Especial para Zona Cero

El avión de Avianca salió del aeropuerto de Soledad en Barranquilla a las diez y veinte de la mañana, rumbo al aeródromo de Techo en Bogotá, dos horas después desapareció. Murieron cuarenta y dos hombres, y doce mujeres, incluidos los pilotos norteamericanos Kenneth Newton Poe quien volaba de favor a un colega, y Roy George Kay, la esbelta y seductora azafata costarricense Aida Chufji y su homólogo Carlos Rodríguez. Había chocado con un cerro a una altura de tres mil quinientos metros sobre el nivel de mar, entre Supatá, San Francisco y Subachoque en Cundinamarca, una majestuosa mole que lleva por nombre El Tablazo, por sus inmensas paredes y por la singularidad de sus farallones.

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Viajar en avión era un privilegio, de manera que algunos de los fallecidos eran altos directivos de las nacientes petroleras en el país, entre ellos un ciudadano británico y cinco ejecutivos norteamericanos vinculados a la Tropical Oil Company, la Texas Petroleum y de United Artists,  un canadiense y un francés también ejecutivo de la Tropical Oil, y algunos miembros de familias destacadas de Barranquilla, como Volpe, Donado, Tobar, Dugand,  falleciendo también el notable futbolista Romelio Martínez Vergara que viajaba con su hijo, pues el único medio alterno que comunicaba a la Costa Atlántica con la capital era el cauce del río Magdalena, un recorrido tenebroso y apesarado de varios días.

Romelio Martínez, líder futbolero llamado ‘el caballero de las canchas’ quien se destacó en el Sporting y en el Junior de Barranquilla cuando todavía no existía el futbol profesional, tenía 35 años y, gracias a la tenacidad de Chelo De Castro, connotado cronista de El Heraldo, el estadio de futbol de la calle 72 tomó su nombre.

Próximo a su cima el cielo es más blanco, más nebuloso con un panorama libre e inmensurable que cautiva. En días de sol compromete la imaginación que se apodera insaciable de aquel espectáculo natural llamado, con sobrada razón, el balcón de la sabana. En la era prehispánica los indígenas muiscas lo nombraron Juniatamix, y en ese lugar adoraban a la luna en ocasiones especiales.

El legendario futbolista barranquillero Romelio Martínez.

Cuenta la leyenda que, a la llegada de los conquistadores españoles, por mandato del cacique Chía los muiscas enterraron en lo más recóndito de sus entrañas, parte de sus tesoros.

Con el advenimiento de la aviación comercial al país, segunda en América, por el trajinar de los vuelos que salían y llegaban a Bogotá, este páramo se convirtió en un cementerio   pues, al no sobrepasar sus máquinas la cima de la montaña, desaparecían sin rastro alguno. En aquel perímetro cordillerano los caminos carecían de retorno porque todos conducían al cielo, y se dice que la tierra gravita con más fuerza que en otros lugares.

Sobre ese bosque inexpugnable aquel avión que era relativamente nuevo, Douglas DC4, matricula114 de Avianca, dotado con cuatro potentes motores Pratt & Whitney.  R 2000, que había pertenecido a la fuerza aérea de Estados Unidos, adecuado para pasajeros con los últimos avances de lujos, a solo dos metros para sobrepasar el pico de la montaña se estrelló cuando le faltaban escasos minutos para tocar su destino, el sábado15 de febrero de 1947, a las doce y cuarenta minutos pasado meridiano, hundió su nariz contra la roca milenaria, haciéndose trizas rodó ochenta metros al abismo.

Había ocurrido la más grande tragedia aérea en nuestro país y, por el número de víctimas, considerada la mayor catástrofe aérea, hasta ese entonces sin precedentes en la historia de la aviación mundial.

La noticia del accidente se supo en el aeropuerto de Techo cuatro horas después, luego de esperar y atribuir la demora a imprevistos ordinarios.   Procedía la noticia del ministerio de guerra. El desasosiego entre los asistentes fue total, El alcalde de Supatá mediante un cablegrama había informado lo   que un campesino a distancia había visto y narrado: “... un estrepito de metales despedazados y una explosión como de otros mundos. El burgomaestre con igual criterio y lenguaje comunicó la noticia a la autoridad competente.

La noticia corrió   por todas partes.  El presidente Mariano Ospina Pérez, ante la magnitud del suceso decretó dos días de duelo nacional y suspendió toda fiesta, pues simultáneamente con el accidente se iniciaba en Barranquilla la tradicional Batalla de Flores del carnaval cuya reina era Ana María Emiliani Heilbron, una modelo entrenada con especialidad en Norteamérica.

El capitán Kenneth Newton Poe, comandante de la aeronave accidentada.

Entre tanto en la plaza de Santa María en Bogotá se realizaba una encarnizada corrida de toros que fue interrumpida y los asistentes hombres y mujeres vistieron de negro al día siguiente. En señal de duelo asistieron a la eucaristía. Sin interrupción el carnaval siguió hasta el miércoles de ceniza como si nada hubiera pasado. Minutos antes del vuelo había llegado directo de Valledupar al aeropuerto de Soledad,  Augusto Socarrás, hermano del erudito, académico y siquiatra José Francisco, urgidísimo de estar en Bogotá ese día, encontrándose por simple coincidencia  con su colega y compañero de derecho de la Universidad Nacional Moisés Cotes, Muce, al no encontrar  cupo, éste le cedió el suyo, mientras su otro hermano médico, Antonio Socarrás  lo esperaba en Techo, quien se hizo parte de la brigada de búsqueda  de cadáveres pero nada encontró, solo por pura casualidad  vio y recogió del suelo una  pluma Parker en oro  calcinada y retorcida, azarado pudo leer en su tapa: Augusto Socarrás, a la par de las lamentaciones, se rumoró que el conocidísimo guitarrista y cantante Guillermo Buitrago, primero en grabar discos en Colombia, asiduo intérprete en radioteatros, había muerto en el percance, más tarde corrió la bola  de que se había salvado  porque Toño Fuentes, su empresario musical, empecinado por   un canto, le había  pedido grabarlo antes de partir por eso al llegar  Buitrago  al aeropuerto el avión ya había partido. El canto según el run run resultó ser el merengue, ‘Víspera de Año Nuevo’.  Buitrago, para aclarar lo que realmente sucedió, acosado por sus admiradores; compuso esto que sigue:

… yo no monto en aparatos zumbadores.

que se pierden por el cielo.

soy un hombre muy tranquilo,

óigame usted compañero,

y tengo bueno mi espinazo (bis)

porqué la gente sigue comentando,

las tonterías del cerro El Tablazo, (bis)

porque será, porque será,

que yo no voy en avión a Bogotá….

¿Cómo era posible que Buitrago, se dijo, considerará una tontería, como si dijera bobería, semejante catástrofe? Era la edad anónima y noticiosa de los vallenatos cuando aún estos cantos no tenían ese nombre y Buitrago no usaba el término tontería despectivamente, simplemente hizo uso del modismo caribeño de utilizar palabras de significación menor, antónimos, para destacar situaciones mayores y enfatizar.

Otro caso singular pasó con Luis Zalamea Borda, cronista de El Nuevo Siglo, autor de ‘El círculo del alacrán’, hermano de Jorge creador del extraordinario poema: 'El sueño de las escalinatas'. Era tal su grado de embriaguez que fue bajado del avión, tomó otro vuelo y al llegar a su casa en Bogotá, llena de dolientes, pues aparecía en la lista de víctimas, solo ahí, bien tambaleante se percató de que seguía vivo ...

Ante la magnitud del desastre, el presidente Ospina Pérez, mediante decreto, del 14 de marzo, al mes exacto de la tragedia, creó la Aeronáutica Civil designando como primer director al acucioso e impetuoso Mauricio Obregón, ingeniero  barranquillero egresado de Oxford apodado por sus excentricidades “el retador  de las alturas  y las profundidades”, a la postre  rector de la Universidad de los Andes, subdirector a Enrique  Concha Vanegas célebre por haber volado, Bogotá-Lima  con  regreso y sin compañía   en un monomotor.

Panteón en el Cementerio Central de Bogotá donde yace la mayoría de los accidentados

Más allá de las calidades científicas de Obregón y sus excentricidades, quien además era piloto, sería muy recordado, por haber superado una emergencia aérea por los alrededores del rio Magdalena con su primo Alejandro, el pintor, a bordo de un destartalado monomotor que misteriosamente prendía y se apagaba en el aire, sin saberse cómo, y cuando ya oscurecía aterrizaron llevándose un zarzal en rastra cerca a lo que sería después el puente Pumarejo, sin sufrir un solo rasguño. Lo peligroso no fue el viejo avión Rayan, porque una vez en tierra, no bien repuestos del susto, rumbo a la ciudad en la moto de alto cilindraje del pintor, Mauricio de parrillero, un burro que perseguía una burra se les atravesó en la vía derribándolos y muriendo al instante el animal, sufriendo las dos fuertes raspaduras al rodar varios metros por un suelo lleno de cascajos. La baraúnda sobre el accidente  del Tablazo, no tardó porque sendas cartas llegaron al periódico El Tiempo, una del veterano aviador norteamericano  J. A. Tod Hunter, el 17 de marzo y la otra del piloto colombiano Carlos Duque de la empresa Lansa, el 20 del mismo mes, ambas cuestionaban el riesgo de incorporar operadores norteamericanos de combate extraídos de la guerra y prevenían también sobre los peligros inmersos en nuestras montañas, con críticas a los sueldos diferenciales de estos extranjeros, no tan funcionales, ni superiores en su labor frente a los nacionales por técnicos que fueran. Obregón corrigió todo esto. En el área de El Tablazo esparcidos se encontraron reductos de cadáveres carbonizados y desmembrados sin poderse identificar, solo uno quedó intacto. 

Como último destino una fosa común en el cementerio central de la capital, un mausoleo simboliza el pasado con sus nombres y, en su alto un trozo de piedra, inerte, desprendido del cerro por el impacto, testimonia el suceso. En los alrededores  de aquel monte inhóspito impactado por el avión, tres censores de la más idónea  inteligencia electrónica, vigilan y previenen hoy a los pilotos de todas las lenguas y procedentes de todos los lugares de la periferia, sobre  los riesgos latentes, entre estos, los  vientos fugitivos  del caudaloso Magdalena que barre   las crestas de los Andes, y evitar que sean víctimas del embeleso  hipnótico del paisaje alucinante  en el panorama del zipazgo del apoteósico Chiminichagua, mito de Chibchas y Muiscas, guardianes  de Bacatá.

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